Estas doce especies son filosofía en estado puro: me han enseñado que la identidad no se construye contra el territorio, sino con él. Que hay una sabiduría en crecer donde se debe crecer, en florecer cuando se debe florecer.
En un pueblo de jardines homogeneizados y paisajes que requieren cuidados y recursos para sobrevivir porque no están en su habitat, las plantas silvestres son las disidentes. Son la prueba de que la tierra colonizada por el ladrillo todavía sirve para sus raíces, no se trata de pertenecer, sino de habitar con atención, el cuidado no exige raíces identitarias, solo presencia consciente.
Nos demuestran que la verdadera fuerza de la naturaleza no está en dominar el espacio.