La importancia de formar parte de algo

Esta idea de formar parte de un grupo y centralizar toda tu actividad sobre el mismo es peligroso. Y no pertenecer a ninguno también es peligroso.

Para Simone Weil el arraigo es la necesidad del alma más importante y la más olvidada. Un ser humano tiene raíces cuando participa de manera real, activa y natural lo colectivo. No se trata solo de pertenecer al grupo, sino de tener una participación activa en él.

Émile Durkheim explicó que la pertenencia a un grupo se ritualiza para crear solidaridad. Antiguamente esta cohesión se llevaba a cabo a través de los rituales. ¿qué sucede en el presente? tenemos rituales colectivos y nunca había pensado en ellos, una boda, una graduación, un cumpleaños, las convenciones de la empresa, la cena de navidad, estos eventos generan efervescencia colectiva y un estado de excitación compartida que fortalece el lazo de pertenencia.

Mary Douglas nos enseña que cada sociedad tiene un sistema de clasificación que dicta qué cuerpos, comportamientos y objetos son aceptables. Lo que no encaja lo diferente se convierte en tabú o peligro. Ella explica por qué los adolescentes y los nacionalistas tienen tanto miedo a lo que "contamina" la pureza del grupo. Lo que desafía las categorías establecidas les genera mucha ansiedad, porque amenaza la capacidad del grupo y del individuo a la hora dar sentido al mundo, predecirlo y actuar sobre él. Una lógica simplista muy usada en su argumentario afirmar que no son racistas son ordenados.

¿Es posible que este sea el origen del racismo y la xenofobia? Perdón, no sé como he llegado hasta aquí. La pertenencia, entonces, es una necesidad. Pero es también un mecanismo que produce fronteras. La cuestión no es si tener fronteras o no. La cuestión es qué hacemos con ellas. Las podemos usar para proteger un jardín o para construir un campo de concentración. Depende de si nuestra identidad se define por lo que incluye o por lo que excluye. Depende de si nuestros rituales celebran el encuentro o la pureza. Depende de si somos capaces de habitar la tensión entre el 'nosotros' y el 'ellos' sin que ninguno de los dos términos se vuelva absoluto.

Frente a este dilema, algunos pensadores han propuesto una salida que no es ni la pertenencia exclusiva ni el aislamiento. Para Homi Bhabha, la identidad no tiene por qué elegir entre un grupo u otro. Puede habitar el 'Tercer Espacio', ese territorio intersticial donde las culturas se encuentran, negocian y producen algo nuevo: identidades híbridas que no son ni 'puramente' de aquí ni 'puramente' de allá. No es un camino fácil: el Tercer Espacio es también un lugar de fragmentación y malestar. Pero es, quizás, la única forma de pertenecer sin excluir, de estar arraigado sin volverse violento.

Intersticial viene del latín interstitium, espacio entre dos cosas, rendija o grieta. En física o geología, un "intersticio" es el pequeño espacio vacío que queda entre partículas o cuerpos sólidos.

La soledad social no es un estado de ánimo pasajero. Es una herida estructural que, como venimos viendo desde hace muchos años, el individualismo la produce y la precariedad agrava. Llamamos soledad social a la carencia de vínculos sociales significativos o profundos. Disonancia entre los vínculos que se tienen y los que se desean. Se puede tener mucha gente alrededor y sentirse sola.

La soledad no es "estar sola". Es sentir que no importas, que no eres vista, que no eres parte.

La soledad activa diferentes mecanismos en tu organismo con consecuencias físicas:

– El cerebro aislado se mantiene en alerta permanente. El cuerpo se desgasta como si estuviera bajo ataque constante.

– La falta de reconocimiento del otro impide la regulación emocional. El pensamiento se vuelve rumiativo, obsesivo, a menudo paranoico.

– No hay espejo donde reflejarse. No hay "nosotros" que dé significado al "yo".

– La soledad empuja a buscar alivio en sustancias, apuestas, extremismos, o a la autoeliminación.

No te dejo sola con el diagnóstico. Aquí tienes tres direcciones posibles para seguir. No son las únicas. Son las que yo he visto germinar. Juntas hemos visto que la pertenencia es una necesidad tan básica como el comer. Hemos visto que su ausencia duele, enferma y mata. Hemos visto que el individualismo no es una elección personal, sino estructural. Y hemos visto, también, que la tercera vía no es fácil. Por eso, al cerrar esta reflexión, no te ofrezco recetas. Te ofrezco tres direcciones. Tres formas en las que, hoy y aquí, personas concretas están reconstruyendo el tejido roto de la pertenencia. No son las únicas. No son perfectas. Pero son reales.