El gato, leído desde una perspectiva feminista antifascista, se lee como una figura poshumana que desestabiliza las categorías jerárquicas con las que la modernidad occidental (patriarcal, especista y biopolíticamente disciplinaria) ha ordenado lo vivo. Su coexistencia de sentimientos o visiones contradictorias, tanto positivos como negativos entre lo doméstico y lo indómito, lo tierno y lo amenazante, interrumpe las lógicas del control fascista, que exige cuerpos previsibles, productivos y obedientes. Frente a este mandato, el gato encarna una ética de la autonomía relacional y del cuidado no normativo, rechazando la servidumbre dócil del animal utilitario. En este marco, el antiespecismo no solo está contemplado, sino que es indispensable: el gato revela cómo el poder opera sobre todas las formas de vida, y cómo la resistencia pasa por desmontar la frontera humano/animal que el fascismo usa para justificar la dominación. Así, la figura gatuna permite imaginar alianzas poshumanas que cuestionan el orden biopolítico y abren la posibilidad de comunidades más igualitarias, interdependientes y radicalmente libres.
Biopolítica
Los Gatos como Icono Antifascista
Este gato se ha convertido en un emblema cultural del antifascismo, el anarquismo y la resistencia contra el autoritarismo, por motivos que vienen tanto de la historia del siglo XX y XXI como de la cultura visual contemporánea.Cuenta en Instagram de Sabot Cats
El Gato Sabo-Tabby es un símbolo de los Trabajadores Industriales del Mundo IWW, representa el sabotaje como forma de protesta. La conexión más directa viene del movimiento anarcosindicalista de comienzos del siglo XX. Diseñado por Ralph Chaplin para la IWW (Industrial Workers of the World), sindicato revolucionario estadounidense. El gato aparece erizado, preparado para atacar, representa huelgas salvajes, sabotaje y acción directa que simboliza a los trabajadores “indomesticable” funciona como emblema de lucha contra el capital y el estado.
Aunque el blackcat es más anarquista que antifascista, históricamente los movimientos antifascistas del siglo XX bebieron del anarquismo, por lo que el símbolo se incorporó de forma natural.
La deriva que ha tomado este texto me lleva a recomendar una lectura de El porvenir de la revuelta de Julia Kristeva porque a mi me sirvió de puente para comprender como las identidades y símbolos que el sistema margina o criminaliza pueden leerse como focos de resistencia activos.
Kristeva no ofrece un catálogo de símbolos identitarios de resistencia, pero sí una teoría para entender cómo ciertos signos, cuerpos y gestos se vuelven subversivos. Lo semiótico, la revuelta, la abyección y la desconstrucción del orden simbólico permiten leer prácticas culturales, incluyendo iconografías políticas, subculturales o feministas como espacios de resistencia.